
A un paso de la Bañeza, se encuentra Jiménez, un pueblecito alfarero de un millar de vecinos, regado por el río Jamuz que le da su apellido. Está flanqueado, en su entrada, por monte de encinas y en su término por una sierra verde de pinos. Por estos llanos, han pasado Astures, Romanos, Visigodos y Mozárabes.
De estos últimos heredó el arte del barro; hasta treinta hornos se encendían algunos días, en los cien talleres abiertos en el siglo XIX. El propio Antonio Gaudí recurrió a sus Maestros alfareros para adornar el Palacio Episcopal de la bimilenaria Astorga.
Los Romanos legaron el arte del vino. Perviven aún hoy, apretadas en hileras, en la vega del río, más de trescientas “cuevas” centenarias que la gente destina al disfrute propio.
El Capricho cuenta su histroria y su paisaje en la mesa; en el barro de los platos, en los vinos de la tierra y en la leña de encina que aviva el fuego y da el punto a su parrilla.